Columna Competitividad Empresarial: Sobre el cinismo educado (8-enero-2021)

Autor: MSc. Carlos Romano Flores Molina, MEE

Director Ejecutivo Cambio Cultural Consultores

direccion@cambiocultural.net

Una de las labores más curiosas que puede enfrentar un consultor es cuando uno es contratado para conducir una investigación de un accidente industrial de manera independiente; es decir, invitado por la propia gerencia o por accionistas de la empresa donde aconteció el siniestro.  

Nada más complejo que el fenómeno humano que surge de esas interacciones, sobre todo cuando existe al interno un puesto, o acaso varios, que se supone estaban allí para haber disminuido las probabilidades de ocurrencia de esa situación. En el momento que se anuncia que habrá una investigación independiente, entran de inmediato en modo defensa-ataque. 

Trataré de encuadrar ese fenómeno, no tanto como para aprendizaje, porque sospecho que es siempre lo mismo, sino como un ejercicio de pura narrativa: la de un conflicto esperado, que por más que uno se empeñe y trate de manejarlo de una manera positiva, le generará siempre oponentes en el campo (quería utilizar más bien la palabra “enemigos”).  

He constatado que en este respecto no hay enfoque que no genere contradicciones marcadas que eventualmente, escalan a verdaderas confrontaciones personales.  

No obstante que la absoluta mayoría de resultados que puedo atestiguar, son muy satisfactorios para la contratante, no debe quedar de lado la fase de la pugna, que en todas las ocasiones encierra también -como un tesoro escondido- las claves de las causas verdaderas por las cuales el accidente aconteció. 

Aquellos con experiencia sabrán a qué me refiero, puesto que por más sazonado que uno esté ante estas coyunturas; por más recetas o posturas constructivas uno pueda poner en práctica, siempre existirá ese conflicto -típicamente de baja intensidad, aunque frecuentemente escalable- en donde el personal interno acaso logra una de las proezas que el teambuilding barato jamás logra ni acercarse: amalgamar a unas pocas voluntades, típicamente en conflicto entre ellas, pero que de repente se cohesionan contra un enemigo imaginario pero proclamado así, de facto: el contrincante común; este es ahora el consultor, el investigador independiente, aquella persona supuestamente malévola que han contratado allá arriba como una muestra de la desconfianza ante las versiones y posturas que el personal de Higiene y Seguridad, Seguridad Operacional, o bien llámele como quiera, pero que estará allí para intentar poner en menoscabo -reitero que postura equivocada, por supuesto- la credibilidad de las personas que tan ordenada y sacrificadamente trabajan en pro de la seguridad.  

Estos pensamientos en exceso defensivos son el delirio de aquellos que lo único que saben a ciencia cierta es la confirmación de una íntima sospecha acerca de ellos mismos: que no están haciendo correctamente su trabajo.  

Como dije, de nada sirven las posturas constructivas, las reuniones previas, la revisión del propósito, revisitar la misión de la investigación, intitular como socios verdaderos a los demás miembros del equipo de investigación en donde uno hace la función de facilitación, de las aperturas con blablablá académico y corporativo, puesto que todo estará irremediablemente perdido de antemano, ya que las posturas defensivas, en su gran mayoría, están basadas en un malentendido sentido del prestigio, de la integridad profesional, dando paso a interpretaciones totalmente erróneas que contravienen el verdadero objetivo que tiene una investigación independiente: extraer las lecciones aprendidas y ponerlas en práctica para evitar la repetición del accidente, ya sea en la misma planta o en otro lugar donde la misma empresa esté realizando labores similares. 

La mañana en que me reuní con el grupo, previa introducción de la gerencia regional, varios miembros simulaban poner mucha atención, pero en realidad, estaban orquestando la primera fase de la comparsa: pretender hacer creer que a ellos les importaba mucho el proceso de investigación. Otros querían lucir como si el percance era algo “normal”, tramitológico, trivial, pero en realidad, en el fondo, ellos sabían que era todo lo contrario.

He comprobado con base en mi experiencia en numerosas investigaciones, hasta de acuñar el nombre del juego con que he tratado de anticipar y bautizar la postura del grupo, como en un rápido piedra-papel-tijeras, para establecer entonces la estrategia a seguir y así obtener la mayor cantidad de información validada para el proceso de investigación de accidente. 

Sin embargo, aquel grupo, al cual no lo consideré un equipo por sus también evidentes disensiones y contradicciones entre ellos, fue memorable. Una vez se revisaron las causas básicas con la metodología de rigor, y se determinaron, con base en los insumos de sus mismas afirmaciones y deducciones conscientes, las causas profundas del percance, comenzó entonces la parte “política” del proceso, de intentar ellos, pretendiendo fijar en la mente del investigador que aquello no era lo que a todas luces parecía  -una colección de imprudencias- sino que era más bien un fenómeno aislado de responsabilidad única del contratista, quien supuestamente omitió olvidadizamente los pasos críticos de la tarea: una labor peligrosa que por definición estaba normada a nivel local y regional, efectuada sin el menor análisis de riesgo; postura que fue más bien una declaración de temeridad, una expresión categórica del desprecio por la vida dentro de esa empresa.  

Al principio -como en una movida de ajedrez- los intentos eran meras insinuaciones, como encapsulados de manera tal que parecieran actos espontáneos u observaciones constructivas del propio contratista, quien milagrosamente ahora identificaba -como leyendo un libreto- aspectos que parecían ser genuinos como errores y omisiones, pero que trataban de distraer de las causas profundas sistémicas, entre ellas, como la principal, la desvalorización de la función de la seguridad operacional, degradada a un mero llenado de papeles con apariencia de ser importantes y verificables, pero que solamente demostraron una disociación entre los valores verdaderos de esta organización y la forma en que su personal realizaba el trabajo en el campo, en donde ciertamente, existían riesgos muy delicados, que por la prisa operacional, la ausencia de reflexión, la mismidad de las medidas inefectivas de siempre, pero sobre todo, por una mentalidad de creer que la seguridad o acción preventiva radicaba en un elaborado formato -papelística pura y dura- por lo que habían obviado la existencia de un sistema de gerenciamento operacional, pero que ciertamente era lo que menos que existía, sino un ejercicio colectivo de hipocresía corporativa, de falsos o (falseados) conocimientos, pero más que nada, aquella sensación de que todo quedaba documentado, no tanto para verificar la excelencia operacional, sino para cubrir tu trasero, para que la próxima patada en el culo le cayera al otro pero no a tu persona; siguiendo siempre el enfoque de que al perro más flaco es al que, en última instancia, se le pegará la mayor cantidad de pulgas.  

La cara y pose del contratista no podía ser más patética: proclamaba, sin que nadie se lo pidiera, que la compañía que a él le daba trabajo era la mejor del mundo; podía casi que hacerse una verdadera elegía sobre los méritos de esta; que era la más segura, la más dedicada, en donde a él y a su grupo de trabajo le habían abierto las puertas de par en par, y que ahora, de forma distraída, por su culpa, “por mi gran culpa”, casi que golpeándose el pecho, había ocurrido aquel accidente fatal.

No obstante el resultado, aquello -argumentaba el propietario de la empresa contratista- no era más que un error de interpretación, que fue más bien un caso fortuito; una situación no prevista en que no existía responsabilidad alguna por parte de la empresa contratante, a la cual se debía eximir sin ningún miramiento ni otra pregunta ni pesquisa, ya que de lo contrario, se estaría cometiendo una monumental injusticia. El empresario contratista estaba al borde de las lágrimas, pero se mostraba muy incómodo porque la versión que él presentaba no tenía ni pies ni cabeza.

Por otro lado, desde la perspectiva del personal de la empresa, la observación más destacada era el  tenso silencio de todos, para que surtiera efecto la estudiada perorata del contratista, quien en ciertos momentos, era notorio que estaba leyendo un script, un libreto, en donde él iba tachando los puntos por él mencionados, viendo cada cierto tiempo su celular, para asegurarse que luego no le recriminaran por no haber elaborado en profundidad tal o cual aspecto que pudiera separar la atención de la responsabilidad indubitable de la empresa ante esta fatalidad. 

Luego el personal de la empresa se cuida mucho de no atacar las prácticas de la gerencia, sino de lo que ellos perciben que es el instrumento que la gerencia ha puesto para cuestionar sus actuaciones. Entonces es aquí donde el concepto de colaboración, de cooperación, de articulación de esfuerzos se vuelve un arma, tensando en ambiente y creando nítidamente una velada resistencia del grupo, mientras que algunos, para reportar la situación que en el salón se desarrollaba,  simulaban ir por un café u otra diligencia rápida, mientras se notaba que presurosos echaban mano de su celular, sin que la puerta del salón se hubiese cerrado completamente.  

El problema de este conflicto no es menor, porque en algún momento del tiempo se tienen que elaborar conjuntamente con los demás miembros del equipo, las conclusiones, derivar factores sistémicos, que aunque obviamente no se pretende encontrar culpables, pero sí, de dejar en claro una responsabilidad específica en averiguar el proceso decisorio de haber dejado de lado la Seguridad Operacional en el entramado de prioridades por parte del personal de supervisión. 

Ya se había manifestado una abierta hostilidad hacia el consultor por parte de aquella persona, quien fungía como encargada de la supervisión de Higiene y Seguridad, que precisamente debió haber verificado y escalado la coyuntura operativa hacia una correcta evaluación de riesgos, para haber identificado que esa labor no se debía hacer de la forma en que tomó lugar, ya que la exposición y la probabilidad de un accidente era poco menos que muy predecible; siendo este además, un acto notoriamente imprudente de haberlo ordenado, y mucho más, cuando la contraparte de la organización encargada de supervisar in-situ la peligrosa labor, se ausentó de manera deliberada por diversas “presiones de trabajo”, las cuales, no pudo especificar.  

Cuando vi que la falta de cooperación del grupo (de algunos miembros) iba subiendo de nivel, tuve que hablar con el supervisor local, a quien manifesté mi preocupación, solicitando una pronta eliminación de las conductas que, muy notoriamente, querían entorpecer la investigación; sin la menor reserva le dije que si el nivel de hostilidad y de obvia falta de colaboración no cesaban, informaría de ello a la gerencia regional delante de este mismo supervisor; sin ningún tipo de cuidado ante su potencial implicación, puesto que eran conductas que él mismo pudo ver. 

Este supervisor aceptó hablar con las dos personas del grupo que mostraban mayor nivel de resistencia interna y de pocos deseos de cooperación. Le manifesté de forma sincera que yo no perdería el tiempo y que no vacilaría en contactar a la gerencia regional -quien era en realidad la contratante- para terminar el informe con las piezas de información y evidencia que ya poseía, y que eran, a su vez, el conclusivo básico y contundente de las causas del percance; todas atribuibles a la falta de gestión y a la conducta negligente del personal de esa facilidad, incluyendo, por supuesto, la del propio supervisor de planta.  

La verdad no penetra una mente soberbia que no está dispuesta a aceptar la posibilidad de error; es por eso que en algún momento, el resto de los factores de causalidad del siniestro quedaron muy claros: el componente de mayor peso eran las propias prácticas operacionales, las cuales, lejos de estar vinculadas a una filosofía preventiva, eran más bien una oda a lo mismo de siempre, a llenar de cualquier manera formatos complejos que no tenían ninguna vinculación con prevenir el riesgo operacional, sino en minimizarlo, relativizarlo, o en algunos casos comprobados, mentir deliberadamente sobre las preguntas claras y directas contenidas en éstos; permitiendo una simulación que no podía ser calificada más que como un “cinismo educado”, en donde poner cara de interesado en los aspectos que se supone son importantes por mencionarse -pero no por ejecutarse- son la postura preferida de las personas que están dirigiendo las operaciones, ya que a estas no las miden por la cantidad de accidentes evitados, o por méritos en la Seguridad Operacional, sino por volumétricos de venta, reducción de gastos, implementación de iniciativas de optimización -casi siempre reduciendo drásticamente las partidas de mantenimiento crítico preventivo y correctivo-, o bien, otras variables que tienen que ver más con preferencias y apetencias personales, por afinidades surgidas al amparo y complicidad de amistades, familiaridades y de “recomendados” o “padrinos”, y no menos relevantes, por un yoquepierdismo que se hacía de la vista gorda, porque al final del tiempo, lo que más importaba no era la Seguridad ni que nadie se lastimara en ocasión del trabajo, sino que entre ellos mismos sabían que lo que se vociferaba y proclamaba “urbi et orbi” como un mantra, como un anacrónico disco rayado de que “la Seguridad Primero”, era precisamente la certidumbre de que no lo era, puesto que lo importante era sólo decirlo, mencionarlo, proclamarlo, con el convencimiento de que se estaba en presencia de viciosos y mentirosos mensajes corporativos, de una profusión de recetas baratas de Relaciones Públicas; del entendimiento claro que la Seguridad no era en absoluto importante, sino que era sólo un recurso dialéctico para hacerles creer a los demás, que esa era una dedicación corporativa que administraba prudencialmente todas las operaciones, pero sólo desde la perspectiva del cinismo, de la hipocresía, de lo que alguien arteramente se había inventado como identidad corporativa, pero que al fin y al cabo, no tenía que ver en absoluto con la realidad.

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