Columna Semanal Competitividad Empresarial (11-agosto-2020)

Gestión de materiales peligrosos: Caso Líbano

Autor: MSc. Carlos-Romano Flores Molina, MEE

Director Ejecutivo Cambio Cultural Consultores

Esta es una temática frecuentemente olvidada o en consideración subalterna en diversas empresas. Me refiero a la reciente y colosal explosión en el Líbano este 4 de agosto, en la cual 2750 toneladas del fertilizante nitrato de amonio causaron una destrucción apocalíptica, sin precedentes más que las de Hiroshima y Nagasaki el 6 y el 9 de agosto de 1945. La detonación libanesa fue tan fuerte que habitantes de Chipre —isla-nación situada a 240 km— escucharon tan vívido el estruendo que asumieron que acontecía un terremoto.

Las explosiones con este químico tienen antecedentes graves, no solamente con eventos accidentales sino también con legítimos atentados terroristas, como el de Oklahoma City el 19 de abril de 1995, cuando el edificio federal Alfred P. Murrah fue demolido milimétricamente y causando 168 muertes. En ese atentado se ocuparon —únicamente 2300 kilogramos— para que quien lea pueda comprobar aritméticamente el orden de magnitud de la explosión del Líbano: 1196 veces más poderosa.

Extrayendo lecciones aprendidas de esos eventos los directivos de empresas deben reevaluar la peligrosidad intrínseca de diversos materiales que pueden reaccionar instantáneamente, con o sin la presencia de otros químicos o fuentes de calor.

No exagero ni pretendo postular de forma tremendista la realidad de que en numerosas organizaciones se almacenan productos químicos cuya peligrosidad es tal, que su gestión debiera ser certificada por terceros, ya que la administración de estos inventarios también puede prestarse a situaciones eventuales, no solamente de condiciones adversas de almacenaje o de manipulación inadecuada, sino también a posibles acciones malintencionadas.

El evento de Beirut no debe ser visto desde la perspectiva simplista de cómo ocurrió la explosión en cuanto a fenómeno físico,  sino de la cadena de hechos absurdos pero de estudio psicológicamente atractivo por sí mismos —a manera de singularidades conductuales y en extremo negligentes—, acerca de cómo las autoridades portuarias y el propio Gobierno libanés, decidieron almacenar de forma absolutamente temeraria esta masiva cantidad de agroquímicos  —o mejor dicho, explosivos— la que había sido confiscada años atrás a un carguero ruso abandonado por su armador al no pagar los debidos impuestos portuarios de esa carga destinada hacia Mozambique.

Las discusiones administrativas que surgieron acerca de qué hacer con la carga —reconocida de antemano por las autoridades como muy peligrosa— es en donde se esconden esos diversos comportamientos psicológicos profundos para identificarlos preventivamente, entre ellos la Normalización de las Desviaciones, conducta elucidada por Diane Vaughan en su célebre libro The Challenger Launch Decision — Risky Technology, Culture and Deviance at NASA, en donde disecciona los comportamientos psicológicos colectivos —erráticos— sobre cómo el riesgo cotidiano se llega a normalizar y relativizar dentro de las empresas e instituciones, sabiendo perfectamente que pueden llevar a una catástrofe.

En el Líbano, abundaron las propuestas y discusiones acerca de entregar el nitrato de amonio al Ejército, o su eventual exportación, o bien, la transferencia a una compañía local de manejo de explosivos; todas se empantanaron por burocracia y por una decisión judicial oportuna, tomando la no menos paradójica decisión de no tomar decisión alguna.

Aquí se entreveraron no solamente intereses complejos y conflictivos, así como situaciones netamente inverosímiles. Relativizar la peligrosidad intrínseca involucró actos no ligados a una ignorancia crasa —sino algo peor— a la autocomplacencia y la parálisis paradigmática de no querer hacer lo que había que hacer correcta y oportunamente. Esto conllevó el alineamiento de acciones y omisiones que luego —literalmente— explotaron sobre sus protagonistas.

Si se hubiera cuestionado en su momento las decisiones de los actores —no solamente de la autoridad portuaria, como dije— sino de aquellos verdaderos tomadores de decisiones en niveles políticos superiores, hubieran argumentado “muy racionalmente” sus razones “supuestamente lógicas” que respaldaban su actuación.

El problema es que con frecuencia se pierde de vista la fenomenología compleja de la toma de decisiones del zoon politikon  —como nos definía Aristóteles—, del ser humano en cuanto animal político, sujeto de intereses creados y de posturas auto protectoras sesgadas hacia su red de relaciones estratégicas; espacio psicológico en donde interactúan los elementos precursores de las decisiones fallidas, que son las verdaderas causas de una catástrofe. Es por eso por lo que jamás un evento como tal debe ser analizado superficialmente.

direccion@cambiocultural.net

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