(2018-06-19) Columna Competitividad Empresarial – Nicaragua: ¿Qué hacemos emocionalmente ante la crisis? ¿Cómo enfrentamos exitosamente las coyunturas complejas?

Columna Competitividad Empresarial – Una publicación semanal de Cambio Cultural Consultores

 

Nicaragua: ¿Qué hacemos emocionalmente ante la crisis? ¿Cómo enfrentamos exitosamente las coyunturas complejas?

Por: Lic. Carlos-Romano Flores Molina, MEE, MSc.

Director Ejecutivo CAMBIO CULTURAL CONSULTORES

Localmente todos estamos viviendo -personal y colectivamente- una gran cantidad de “situaciones límite”, a como las pudiera definir algún filósofo, sobre las cuales nos interrogamos compulsivamente: ¿cuánto durarán? ¿cuánto nos afectarán? ¿seremos capaces de sobrevivirlas?

 

Acontece que en este proceso -el cuestionarnos continuamente al ver los cada vez más graves acontecimientos cotidianos- se va transformando en un círculo vicioso.

 

No obstante, lo que sí es cierto, es que, si no tomamos cada uno el control de estos pensamientos negativos es posible derrapar hacia una situación psicológica impredecible, la cual podría afectar no solamente nuestro actuar inmediato, sino algo más transcendental aún:  nuestra propia salud mental.

 

Hoy alguien me decía: “No aguanto más, siento que la cabeza me va a estallar. No sé qué hacer. No sé por qué nos ocurren estas cosas; tengo un sinnúmero de obligaciones financieras las cuales debo cumplir. Pienso que la vida es injusta. Los nicaragüenses estamos’ salados’”- finalizó casi llorando.

 

En primer lugar -sin tratar de sonar simplista o como esos abominables mercaderes de la autoayuda light o neo-esotérica, o peor, de aquellos que se declaran de antemano agentes pasivos y que solamente recomiendan orar, rezar y pedir, pero sin actuar o mover un dedo- pienso que lo fundamental es definir correctamente las expectativas de esta vida, o el “contrato psicológico” que implica estar vivo.

 

Hay que revisar en este momento la letra pequeña de ese contrato existencial.

 

La primera condición de la vida es su evidente peligro. Vivir es lo más riesgoso que hay. No existe tal cosa como una vida tranquila y sostenible; solamente ocurren períodos en que ésta, de manera afortunada o al azar, a veces transcurre plácidamente.

 

Siempre debemos reconocer que cualquier aparente estabilidad en nuestras vidas -tranquilidad de la cual a menudo nos hacemos adictos-, es transitoria, temporal, insostenible, anormal.  La característica principal de la existencia es su condición fluida, cambiante, impredecible, sorpresiva y cruel. Y aunque esto parezca una contradicción, he allí su más grande y hermoso  atractivo.

El servicio extraordinario a los clientes en tiempos difíciles.

Jorge Luis Borges decía: “Nada está construido en piedra; todo está construido sobre arena, pero debemos construir como si la arena fuera de piedra”, frase que encierra la eventualidad y la certidumbre de sufrir cualquier circunstancia artera, a causa de su volatilidad intrínseca.

 

Hace muchos años descubrí en mi biblia católica la siempre valiosa lectura del libro del Eclesiastés. De las numerosas frases que allí se atesoran -las cuales son verdades incontrovertibles, pero que solamente se pueden comprobar una vez entrado en años- siempre retorno a aquella que dice:

 

“Más volviendo la vista hacia todas las obras de mis manos, y considerando los trabajos en que tan inútilmente me había afanado, vi que todo era vanidad y aflicción de espíritu, y que nada hay estable en este mundo”.

 

El problema no radica tanto en aceptar a nivel conceptual esa afirmación, eso es muy fácil, sino que el planteamiento correcto de la contradicción debe ser: el cómo enfrentamos la proverbial inestabilidad de nuestras propias circunstancias.  Para eso, debemos estar claros que la vida siempre plantea retos, y es precisamente, por medio de ellos que el ser humano alcanza su perfeccionamiento máximo como individuo y colectividad.

 

La configuración robusta de una mente y un espíritu luchador solamente se logran cuando se hace frente al infortunio, cuando se le ve directamente a los ojos, con una disposición de aceptar el desafío y buscar no solamente prevalecer ante las circunstancias adversas, sino también, – ¿y por qué no? – en identificar y capturar las grandes oportunidades que nos puede traer esta corriente de hechos desesperanzadores.

 

Cuando tenemos circunstancias muy favorables en la vida, con frecuencia perdemos por falta de uso ese impulso del instinto de supervivencia, de vencer sobre los obstáculos; casi siempre creemos tener el derecho -por sí y ante sí- de que todo nos salga bien, que lo que hagamos nos sea propicio y exitoso.

 

Las circunstancias venturosas muy poco desarrollan al individuo en todas sus capacidades y posibilidades. Más bien, hasta pueden ocultarle y perderle para siempre su material constitutivo más profundo, su estructura granular, que puede ser, asimismo, el acero humano del más alto grado, el de enfrentarse a las circunstancias, vencerlas, y por encima de ellas, prosperar en un nuevo modelo de actuación, individualmente o como empresa.

 

Es por eso, aunque podría sonarle ridículo o facilista, sino por lo menos sarcástico, hay que dar gracias a Dios por estas oportunidades de conocernos a nosotros mismos, de auscultar y descubrir nuestro propio carácter, nuestras propias habilidades -no cuando las mueve la fresca brisa- sino, cuando son acicateadas por la tormenta, y darnos cuenta qué somos en realidad, si escoria de hierro, o acero.

Copia de Copia de Blue Squares General Proposal

Con frecuencia, descubriremos que somos infinitamente más de lo que hemos supuesto y asumido ser. Que nuestra capacidad de articularnos y plantearle cara a los retos -y además salir victoriosos- es una de las habilidades más formidables, no solamente a nivel personal, como individuos responsables de nuestra propia vida y familias, sino también, en el nivel agregado, cuando manejamos una empresa, un proyecto, una iniciativa, un emprendimiento, una organización, una nación.

 

Hace años cuando me gradué de mi primera maestría pude asistir temporalmente a uno de los ejecutivos más exitosos que yo haya podido conocer. Su nombre es absolutamente irrelevante. En el momento que él entrevistaba finalmente a tres candidatos para un elevado puesto al cual a él le habían encomendado seleccionar, le preguntó a cada uno que cuál había sido su fracaso más grande, y que porqué lo consideraban ellos así.

 

La pregunta era obviamente capciosa, porque sugería encapsular una vivencia específica como un fracaso.  Dos de ellos -provenientes de dos afamadas empresas multinacionales- narraron experiencias que estimé había que aderezarlas adicionalmente para ser calificadas de verdaderos fracasos, notándose que ellos las forzaban como tales, pero que éstas no tuvieron consecuencias en el gran esquema administrativo de los eventos en las corporaciones por ellos referidas.

 

El tercero -quien provenía de una pequeña empresa, absolutamente desconocida, la cual quebró y fue liquidada por los acreedores en el efecto dominó de la debacle financiera mundial de 1988- discurrió sin complejos acerca de las penurias personales que él y otros socios tuvieron que pasar, vendiendo hasta lo que no tenían para mantenerse a flote, visitando casas de empeño y acreedores familiares para captar efectivo y pagar la planilla, entre diversas situaciones de embargos y otros horrores bancarios.

 

El candidato manifestó además, que a pesar de las decisiones tomadas -hasta algunas muy dolorosas a nivel individual- la empresa, finalmente, no se pudo sostener a flote, pero que en su alineamiento de prioridades en la crisis, habían podido recolocar al personal cesado, en otras organizaciones, citando personas y puestos como referencias verificables, logrando que la mayoría de quienes dependían de la empresa fallida, encontraran nuevas oportunidades, disminuyendo el impacto en la calidad de vida de los dependientes de los colaboradores que habían laborado allí en los tiempos de bonanza. ¿Un gran fracaso? Quién sabe. A lo mejor fue una historia de éxito desde el punto de vista de principios.

 

Sorprendentemente para varios, este candidato fue el escogido para el elevado puesto ejecutivo que se estaba prospectando.

 

Cuando uno de los accionistas ingresó al salón, le preguntó al ejecutivo que por cuál factor decisorio se había inclinado para que el candidato haya sido el escogido, entonces aquel respondió: “Proviene de una empresa irrelevante, incluso quebrada y ya desaparecida, pero las decisiones que él allí tomó personalmente fueron cruciales y significativas para gerenciar verdaderamente una organización. Que haya fracasado, para mí más bien es un detalle valioso, porque ese aparente infortunio lo hizo aprender más que cualquiera de los otros dos candidatos, ya que para estos sus decisiones en empresas tan grandes y tan rentables, fueron torpezas sin consecuencia alguna, fácilmente absorbidas por la nobleza de los productos que esas empresas venden”- finalizó el ejecutivo.

 

Recordemos que no es posible -al menos en este planeta- una vida sin adversidades. Pretender una existencia ausente de frustraciones, sin contratiempos, sin dolores, sin sufrimientos -individuales y colectivos- es simplemente tener expectativas absurdas sobre esta existencia.

 

El problema no son los problemas, sino el carecer de  una estrategia consciente y deliberada para afrontarlos, hay que tener un plan de batalla detallado, una descripción clara y bien pensada de lo que haremos para superar estas coyunturas adversas.  A veces carecemos de la iniciativa para sentarnos y pensar -y escribir minuciosamente lo que vamos a hacer- porque solamente nos complacemos viciosamente en preocuparnos, en vez de desarrollar las soluciones posibles.

 

El solo hecho de sentarse a escribir sobre lo que vamos a hacer, y cuáles otras alternativas realizaremos secuencialmente en cada paso que tomemos -por si acaso lo planteado originalmente no funcionara- nos hará descubrir que: 1) podemos imponer un sentido de control sobre la situación, el cual aún no habíamos descubierto, lo que nos proporcionará cierta perspectiva de orden y permanencia; 2) tenemos mucho más “combustible para volar” (ideas creativas y novedosas que valorar e implementar) del que inicialmente creíamos disponer;  3) mantener una actitud de “optimismo responsable”: pensar en que mientras los eventos macro puedan acaso arreglarse por sí solos, siempre deberemos enfocarnos en desarrollar acciones específicas y ejecutarlas. Y si el escenario no mejora, siempre tendremos como recurso maestro nuestra mente y la libertad de formular acciones creativas. Aunque usted no lo crea, esta  capacidad nos proveerá también de una cierta tranquilidad mental.

 

Hay que encontrar el gusto por resolver los problemas correctos, y más aquellos que son planteamientos verdaderamente difíciles o aparentemente irresolubles que el río de la vida trae consigo.

 

Uno podrá siempre ofrecer en forma lastimosa los acontecimientos negativos al dolor y a la queja, o bien, forzarse a encuadrarlos como un valioso y necesario aprendizaje vivencial.  La opción está en uno mismo y siempre seremos  totalmente libres de ejercerla.

 

Ayer terminaba de leer un libro que compré por casualidad en mi más reciente viaje: “The Subtle Art of Not Giving a Fuck – A Counterintuitive Approach to Living a Good Life” (El Sutil Arte de que Todo te Valga Verga – Un Enfoque Opuesto a la Intuición para Vivir una Vida Agradable)” (Ojo: Esta es mi traducción libre al nicaragüense coloquial), de Mark Manson, cuyos postulados modernos me hicieron recordar a Lucio Anneo Séneca, en sus también muy valiosos y siempre vigentes “Tratados Morales”, ya milenarios pero que también siguen siendo oportunos en esta retadora coyuntura.

 

Manson menciona que: “El deseo de más experiencias positivas es en sí una experiencia negativa. Y, paradójicamente, la aceptación de una experiencia negativa es en sí misma una experiencia positiva”.

 

Ofrezco mi interpretación: esta afirmación retorna al punto inicial de este escrito, y es que cuando nosotros solamente deseamos caprichosamente la parte tranquila de la vida, nos olvidamos de que a veces su suave y fácil flujo -sin mayores obstáculos- también es un sedante que puede anularnos y ocultar -acaso para siempre- nuestras potencialidades y mejores habilidades subyacentes, e impedirnos de llegar a ser la persona que verdaderamente somos capaces y que potencialmente siempre llevamos dentro.

 

“Tú, pues, en el día que tengas bueno, goza del bien, y prevente para pasar con paciencia el día malo; porque como Dios ha hecho aquél, así ha hecho este; sin que ningún hombre tenga justo motivo para quejarse”. (Eclesiastés).

 

Considero que no debemos de dar gracias a Dios por una vida sin problemas; más bien, debemos de dar gracias por tener la habilidad, la capacidad y la determinación de poder plantearlos como lo que son: retos; y buscar cómo solventarlos, resolverlos exitosamente y movernos hacia un modo natural y automático de enfoque creativo en las potenciales soluciones y cursos alternativos de acción.

 

También hay que dar gracias a Dios por resolver los problemas correctos, los más difíciles, esos grandes y complejos que son los más valiosos y trascendentales, porque de ellos dependerá nuestro crecimiento verdadero como persona y como cabeza de una familia.

 

Así que, aunque le cueste en este momento de incertidumbre y dolor: ¡Alégrese!, encuadre esta crisis como un reto -personal o empresarial- por favor no sucumba antes de formular su plan de batalla, y luego de articularlo y ponerlo a punto, ejecútelo oportunamente y con decisión.

 

Dedíquese con disciplina y pasión a emprender la lucha por su propio desarrollo y habilidades. Recuerde que ningún infortunio que usted venza le va a dejar de igual estatura.  Si la crisis no lo mata -lo cual ciertamente es una posibilidad muy real- sin duda alguna que lo hará más fuerte. No pida una vida más fácil, mejor elija  perfeccionarse como individuo.

 

Si alguna imagen puede encarnar modestamente las ideas de este escrito, recomiendo ver el filme “Saving Private Ryan”, en donde para mí, la estrella más brillante no es como alguien pudiera pensar, el multilaureado Tom Hanks. No. Su papel -a mi juicio- es secundario.  Para mí el héroe de esa gesta es el soldado Pr. Daniel Jackson -un tirador de precisión- (interpretado por Barry Pepper), quien enfrentaba valientemente a los enemigos disparando con su fusil, mientras recitaba para sí los salmos de la biblia de King James: “Bendito sea el Señor, mi fortaleza, quien hace hábiles mis manos para la batalla”.

Al final pereció en combate, ¿pero qué importancia tiene ese mínimo detalle si luchó hasta el final, como Dios lo esperaba que lo hiciese?  Eso es lo verdaderamente importante de su ejemplo. Estoy seguro que donde él se fue para siempre, fue recibido con los máximos honores.

 

Lic. Carlos-Romano Flores Molina, MEE, MSc.

Director Ejecutivo CAMBIO CULTURAL CONSULTORES

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