2015-07-06 DE LA VACUIDAD DE CIERTOS ENFOQUES DE MEJORA

Aquella sesión de “coaching” para supuestamente lograr mejores resultados como empresa, se estaba volviendo después de un par de horas, una especie de liturgia oriental.  El facilitador, acompañado de dos acólitos -ya convertida en una verdadera ceremonia religiosa- pasaba a cada uno al frente del salón, con los ojos vendados con un trapo color rojo estricto, cual juego de la gallina ciega, y cada uno del resto de la audiencia se levantaba con un post-it y se lo pegaba donde creyera más indicado.  La escena era un poco surrealista, como unos adultos grandes jugando a ser niños de nuevo.

Una vez que el que estaba al frente estaba tapizado de tantos papeles amarillos, lo cual más bien me recordaba alguna exhibición de loterías a la venta en otro país que no quiero recordar, se procedía a quitarle la venda de los ojos, y con una música oriental de fondo, musitando aquel consabido “OMMMMMMMMMMM”, para supuestamente ponerse a tono con la escurridiza sintonía de la radio de Dios en el Universo, y así era que entonces le leían el cuadrito de papel que cada uno había puesto en la ropa del voluntario-a.

Quiero agradecerte por tu inmensa bondad, le decía uno al que recién había recuperado la mirada después de haber pasado vendado unos minutos.  Yo, leía otra, quiero decirte que eres un ángel de luz, el problema es mirarte sin sonreír ante tanta emanación de vibras positivas que siempre nos das, finalizaba.

Del mismo tenor prosiguieron el resto de colegas, leyendo como en un bando municipal las supuestas bellezas y elevadas virtudes morales de cada uno.

La declarada liturgia continuó por un par de horas más.  Ya el tono del instructor se había vuelto casi imperceptible, acaso susurraba -¿o rezaba algún mantra?- en el desarrollo del resto de la capacitación.  Sus muñecas estaban pletóricas de pulseras multicolores y de distintas facturas.

En un momento del tiempo, uno de los “discípulos” que le acompañaban, saltó al frente con una energía inusitada y dijo: Pongámonos de pie, señaló con fuerte acento europeo.  Ahora, vamos a darnos un abrazo por lo bien que lo estamos haciendo, continuó.  Debemos de agradecer a cada uno de nosotros el excelente trabajo y los grandes logros que hemos alcanzado, finalizó casi con los ojos llenos de lágrimas, cuando entre todos, nos poníamos a dar en forma convencional ese abrazo por unos resultados, que aunque el “gurú” contratado lo señalara, sabíamos que no se aproximaban ni a regulares.  Estábamos al borde de ser botados a la calle.

Para la parte final del ya declarado rezo, que era lo que se había convertido la sesión, el “maestro” hablaba en un decidido tono oriental, daba las gracias dos o tres veces por minuto, siempre al estilo Richard Gere, un budista occidental, quien para cualquier pose fotográfica, junta las palmas de las manos y las dirige hacia el frente de su interlocutor, al más puro estilo de Tenzin Gyatso, la XIV Reecarnación del Dalai Lama, deidad viviente del Tíbet.

Era definitivamente chistoso, de cómo en una sesión de apenas 6 horas, algunas personas del grupo habían copiado la gestualidad, la dicción, el tono, las maneras de aquel gurú pinolero que había llegado a impartir una supuesta formación, específica para la mejora de resultados en una época tan difícil, pero que más bien hizo que todo el mundo saliera pensando en el Tao, en qué tan sintonizados andábamos con el Uno, es decir, con el Todo, pero que al mismo tiempo, era también la Nada, puesto que nada se comprendió de aquel batiburrillo de genuflexiones, poses y movimientos giratorios de cabeza, parpadeos, así como beatíficas sonrisas sin razón alguna, que lo único que provocaron, en el fondo de una mayoría, era la pregunta existencial, que quién realmente estaban más locos, aquellos que confundieron una sesión formal de mejora empresarial, o nosotros, quienes aparentemente, en nuestra banalidad de preocuparnos por algo tan insignificante como quedar sin empleo, de lo tan miserablemente humano de sentir temor por no tener futuro en un país, en donde quedar a la casual es sinónimo de la muerte civil, ese legítimo egoísmo, no daba lugar en nuestras superficiales y mundanas mentalidades, a otros pensamientos más elevados, más místicos, más conectados con el Bien Supremo, más aproximados al perseguido Nirvana.

La verdad, al principio  pensé que ellos o nosotros nos habíamos equivocado de sesión y que los “consultores” iban destinados hacia otra organización, tal vez a una de esas ONG que contratan servicios muy especializados, y que confundieron el camino o les dieron información errónea.

Discerní que al principio, localmente tal vez habían contratado a un servicio de capacitación serio y profesional, pero conociendo las inclinaciones sobre el vicio del poder de la gerencia de Talento Humano, que para quitarle esa monotonía gris de capacitaciones, cursos, talleres, entre otras sesiones aburridoras, se esmeraba siempre por contratar soberanamente a quien ella quería, traer algo o alguien quien pudiera a ella sacarle de la rutina, sin importar que el grupo aprendiera, sino que lo que buscaba era que el personal desviara la atención a la miríada de problemas existentes, no importando si fuera útil o no lo planteado, a la vez, que saciaba su complacencia y molicie en pronunciar siempre, la última y decisiva palabra.

Siempre he pensado que para mejorar cualquier resultado, debes regresar a lo básico de los planteamientos. Me gustan de sobremanera aquellas personas que enseñan lo desnudo y simple del trabajo duro, de los enfoques consistentes.

Me ha encantado desde siempre aquella frase de Leonardo da Vinci, ese genio que sostenía que “la sencillez es la forma más alta de sofisticación “.  !Qué sabiduría!

Me encantan los principios de liderazgo de Collin Powell, quien fue un “office-boy”, un PTM, en nuestro lenguaje coloquial y despreciativo de nosotros los nicaragüenses, pero que no obstante, llegó a acceder a uno de los puestos gerenciales más elevados del mundo -y más peligrosos, sin duda alguna- pero que bajo principios rectores simples y sin complicación alguna, señalan la ruta que debe seguirse -a veces ciertamente la menos transitada- pero que sin embargo, es la más eficaz para lograr resultados extraordinarios.

Dentro de sus líneas sencillas pero poderosas, menciona: “Recompense a sus mejores colaboradores, y deshágase de aquellos que no rinden resultados”.  Si aquellos gurúes del “coaching místico” que antes mencioné escucharan esta afirmación, seguro que estarían aplicándole y oponiéndole aquellos principios pseudo-budistas, esas pajas y pirotecnias verbales sobre la marcha de universo, y de cómo bajarse del carro y parar la rueda de las reencarnaciones, de las pulseras rojas y de otros tonos para evitar las vibras inadecuadas, entre otras compulsivas masturbaciones mentales.

En cambio, prefiero mil veces a Collin Powell, cuando afirma que uno de los deberes principales de un líder, es establecer confianza mediante hechos notorios, para lograr influencia y credibilidad.  No se trata de esos tópicos vacíos de recitar como robot la Misión, Visión y Valores, sino en vivenciar verdaderamente lo que mueve a los individuos a seguir a una persona determinada.

Él afirma también que cualquier líder debe ser, indudablemente -y haber sido- un sirviente.  Aquellas personas que se valen de sus posiciones para evadir responsabilidades, para no participar con su equipo en las capacitaciones, en las sesiones de búsqueda de soluciones a los problemas, en las celebraciones de pequeñas victorias, es en sí mismo, un anti-líder de cuerpo entero.  Una calamidad de pies a la cabeza.

La única razón -señala Powell- por la que durante una batalla podrías seguir a alguien alrededor de una esquina o subir detrás de él una colina, o a ingresar a un cuarto oscuro, esa razón se llama confianza. No hay otro motivo posible.  Es la grandeza de la sencillez, como decía Diego Velásquez, barroco español, genio maestro de la pintura universal.

Es importante saber que algunas empresas tienen prácticas que, lejos de ser promotoras de confianza, son exactamente lo opuesto. No darle al personal la debida formación, no permitiéndoles que puedan alcanzar su máximo potencial, frecuentemente por “ahorrar” centavos, por considerarlos no dignos de invertirles recursos para su crecimiento como personas y  profesionales, son acaso los signos más distintivos y evidentes de anti-liderazgo.  Las organizaciones deben prevenir estas prácticas retrógradas que son la expresión del anti-liderazgo en su estado más puro.

Es por eso que hoy día abundan diversos pseudo-enfoques de mejora, pero que en realidad son vacíos como un calabazo, porque han querido dejar de lado la incontrovertible evidencia de lo básico, las virtudes del trabajo duro, la dura persistencia de alguien con ideas claras, de aquel que puede ver más allá de los próximos cinco años, de las personas disciplinadas que actúan pensando en que el sacrificio y el esfuerzo metódico de hoy, brindarán mejores resultados, sin ponerle nombres complicados a esas comportamientos, sin tanta palabrería barata y rebuscada, que al fin y al cabo, son una moda más, que desde siempre y para siempre, van a rendirse ante el trabajo tenaz de aquellos en que saben qué cosas deben cambiar para ser mejores, y qué otras deben continuarse para llegar verdaderamente hacia las metas trazadas.

Ese es verdaderamente, el único enfoque de mejora en que yo creo.

Carlos R. Flores

Director Ejecutivo

CAMBIO CULTURAL, S.A.

(505) 2278-6216 / 2270-1617 / 888-21183

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